México enfrenta una crisis de desapariciones, así lo refleja el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y no Localizadas, donde a la fecha hay más de 132 mil casos en el país, de los cuales 14,000 corresponden al tiempo de gestión de Claudia Sheinbaum. ¿Quién busca a todas las personas? idealmente se ha solicitado el apoyo de autoridades, sin embargo, en los procesos lo único que se encuentra es un muro de impunidad e irregularidades que derivan en amenazas y violencia hacia las familias buscadoras.
Guanajuato, Veracruz y Jalisco, son los estados más letales para buscadores, podríamos llenar páginas enteras con los datos de las personas desaparecidas, donde la lista se incrementa, incluso sumando nombres de los mismos familiares que año con año claman por respuestas. Mientras tanto no veamos los datos como simples estadísticas, pensemos en personas, en las historias de vida con sueños e ilusiones que han quedado inconclusas por irregularidades en los procesos o incluso la complicidad de algunos niveles de gobierno con el mismo crimen organizado.
La falta de recursos de las fiscalías, las carpetas de investigación mal integradas o la criminalización de las víctimas, también es una forma de desaparecer. Las personas no solo desaparecen físicamente de sus hogares, lo hacen también ante un gobierno que no resuelve y que, si bien se ha enfocado en difundir otras estadísticas y tratar de poner el foco en sus acciones y no en las omisiones, la realidad es que en las últimas décadas la desaparición es una constante en múltiples entidades del país y no hay rasgos que indiquen que alguien pueda librarse de ello, pues ocurre en todos los niveles.
No obstante, si hay una constante en las narrativas, la participación del ejército o la guardia nacional únicamente incrementa las irregularidades, pues en múltiples escenarios se olvidan que existir también es un derecho y actúan sin procesos o garantías sobre la vida de las personas. Casos documentados por organismos nacionales e internacionales señalan que cuando las fuerzas armadas intervienen sin controles civiles efectivos, la rendición de cuentas se diluye. La seguridad se impone como discurso, pero la verdad y la justicia quedan relegadas. En ese contexto, la desaparición deja de ser un crimen excepcional para convertirse en una práctica tolerada por la omisión y protegida por el silencio institucional.
Y al final como sociedad también somos cómplices de este proceso, cada que permitimos que las personas se vuelvan cifras o noticias pasajeras, nos sumamos a la falta de empatía y profundizamos en la omisión, al revictimizar estamos deshumanizando a quienes durante décadas esperan respuestas y acciones contundentes. Actualmente pareciera que hay vidas prescindibles, escuchamos las historias buscando fallas en el actuar o ser de las personas desaparecidas como si su búsqueda no fuera en sí misma un derecho y tuviera que estar sujeta a la moral.
En medio de panoramas de incertidumbre las personas y colectivos de búsqueda son la resistencia, la red que toda persona debería tener en la sociedad y aún así 2025 fue el año más peligroso para esta labor, pues en algunos puntos iniciar la búsqueda de una persona desaparecida es también firmar una sentencia de muerte, pues las búsquedas han derivado en hallazgos de múltiples fosas clandestinas y terrenos dominados por el crimen organizado, donde al acercarse a presuntos responsables también se encienden alarmas que incomodan a las personas involucradas.
Además de la amenaza y el peligro constante al que se enfrentan las personas buscadoras, también está la falta de apoyo y las distintas crisis que se pueden enfrentar en el proceso, nadie habla de lo que ocurre mientras una persona está desaparecida, de lo que la ausencia representa, pues además de la falta de sus seres queridos, también falta el apoyo de la sociedad y el Estado. Para poder buscar muchas familias tienen que renunciar a sus trabajos, viven procesos de ansiedad cada que se acercan a un descubrimiento y de repente dan con cuerpos que no corresponden a sus familiares, pero sí a los de otras personas.
Mientras México no reconozca que detrás de cada cifra hay miles de personas pidiendo ser encontradas, familias que esperan la verdad, claman por respuestas y la sociedad no participe replicando cada ficha de búsqueda, este será uno de los peligros más latentes, desaparecer aún en medio de entornos videovigilados, a la luz del día, enfrente de las personas sin que nadie diga nada. Ese es el resultado de décadas de impunidad y omisión. Donde la ausencia pesa pero fingimos que no.

