11.4 C
Puebla
lunes, enero 12, 2026

Un pirata en el Caribe

Un pirata en el Caribe

Amaneció lloviendo en la ciudad de Bávaro, pensé que el viaje se arruinaba. Una persona me recogió en el hotel en una camioneta negra; me dijo que me iba a transportar al lugar de la reunión. Subí desconfiado. Dijo mi nombre y me solicitó los 50 dólares de la excursión. Se los di. Yo estaba desconfiado y le pedí algo a cambio; me dio una faja amarilla para la muñeca. Llegamos a una gasolinera. Ahí me cambiaron a un autobús de 40 plazas. Otras personas abordaron. Se movió. Llegamos al Gran Palladium. Es un hotel de cinco estrellas; tiene de todo como una ciudad en pequeño. Subieron siete pasajeros. En otra parada suben cuatro. En el Hotel Royal Brech Punta Cana suben otros dos. Escucho que alguien se comunica y dice que vamos con retraso de diez minutos.

   -Ayer me dolió el culo con el ping bol -dice mi vecino de asiento.

   Su mujer, que viene atrás de mí, le contesta:

   -Como le pasa eso a un deportista como tú. -pero lo hace con un tono burlón.

   Ingresamos a los terrenos del Hotel Barceló Conventión Center. Esta es otra pequeña ciudad. El reloj del bus marca las 8:03. Esperamos. Suben dos mujeres y un señor. Avanzamos. Otra vez empieza a llover. El sol se asoma tímido por el horizonte. La lluvia se enfada. Mi vecina dice:

   -Yo no sé porque aquí no aparece el arcoíris. En Sevilla con poquita lluvia luego se aparece.

   Avanzamos. Veo canchas de tenis, básquetbol, un letrero que tiene una pintura de caballos y dice Ranch. Esto es más grande que Chicontla – pienso. La sevillana bosteza con estruendo. Aparece otro letrero: NOVAL líder en desarrollo global inmobiliario. Son 8:13 y avanzamos. La hija de la sevillana se pasa a los asientos contiguos. Pone una toalla y recarga su cabeza en la ventana, estira las piernas y cierra los ojos. Es extremadamente blanca, casi rosada.

   Entra el camión a otro paradero. Sube el hombre que me transportó y grita:

   -Los que van a isla Catalina, vengan conmigo.

   La sevillana protesta, pero le aclaran la situación, en ese lugar llegan los que van a practicar esnórquel. Luego suben como quince personas que parecen dominicanos.

   Veo un letrero: Higuey/ Aeropuerto  Internacional de Punta Cana. Enfilamos a carretera. Son las 8:25. El sol ya conquistó su reino. Me recuesto para dormitar

   Hacemos una parada técnica.

   -Tienen cinco minutos para ir al baño. -Nos dice el guía-. ¡Damajuanas y café gratis!

   Primero paso al baño. Luego busco el café, no lo encuentro. Pregunto. Voy hacia allá; ahí comienzan las sorpresas. Son unos pinches vasitos. Pero tomo uno de café. Y pido en la caja unas galletas Emperador de vainilla.

-Son 3 dólares – me dice un muchacho inmutable.

   La bajada es un engaño para que compres curiosidades y recuerditos…No hay manera de negarse. En el hotel no habían preparado el almuerzo y ya tenía mi estómago protestando.

   Son las 9.20; pasamos La Romana. Por lo denso de la vegetación imagino que nos enfilamos a la playa. Entramos a unas curvas con declive. A lo lejos se ve el mar. Llegamos a Bayahibe. Creo que ahí abordaremos una embarcación. Son las 9:42 de la mañana.

   El guía nos concentra a todos los de las pulseras amarillas y nos dice que en adelante nos llamaremos La familia Coca-Cola.

   Vamos a abordar el catamarán. Yo no conocía estas embarcaciones, la única referencia que tenía eran las menciones en los escritos de García Márquez.

   10:27 estamos arrancando a bordo del catamarán. El guía pide aplausos para el capitán. Dice que haremos una hora y veinte minutos aprox. ¡Que comience la fiesta!

   Se oye un zumbido y la embarcación se empieza a mover. Por no conocer, voy a ir viajando bajo la sombra de un toldo, pero de espaldas. Ahí están sentadas varias personas de la tercera edad.

   -Jefe, -dice el capitán -, vamos a subir la vela.

   Se escucha el ruido del carrete deslizando las sogas. Y allá vamos, a mar abierto. Solo se siente el bamboleo de la nave y la brisa en el rostro.

   El trayecto fue una fiesta constante. Ron, cerveza y refrescos. Unas bocinas con alto volumen y el baile con ritmo antillano. Caen los pareos y emergen los bikinis. Una fiesta para mis ojos que siguen el contoneo de las caderas…

   Con el calor pensé que era una alucinación: las gaviotas nos persiguen. Luego me percaté que una de las animadoras les arrojaba al aire bolitas de pan para alimentarlas.

   Hicimos una parada en lo que ellos llaman La piscina natural. Es como un arrecife donde se puede nadar. El agua es cristalina y de un azul turquesa. El escenario es propicio para tomarse fotografías. Tuve oportunidad de nadar un rato y vivir un momento de ensueño. Un señor comentó que al bucear vio una mantarraya.

   Dieron la orden de partir y subimos al barco. A las 12:48 arribamos a la Isla de Saona.

   Nos recibieron con un menú de arroz, spaghetti, pollo, costilla de cerdo, ensalada de vegetales y papas. Hubo rebanadas de piña y sandía. Las bebidas gratis: coca cola, ron y cervezas. Yo comí en la mesa junto con dos inglesas que venían de Londres. Cuando le pregunté si les gustó el tour, una me contestó: ¡Mucho bonito!

   Aquí, la playa es como la de Cancún, el agua es cálida, verde-turquesa y la arena es finísima con un color marfil. Estuve un rato en sus aguas. Luego me fui a sentar en la arena y literalmente tenía el mar a mis pies. En la playa la gente se mezcla, olvida las razas y los prejuicios. Había gringos, londinenses, franceses, salvadoreños, colombianos, brasileños, varios dominicanos y, entre ellos, un mexicano.

   Estoy recostado en una tumbadera, reflexionando sobre este regalo de la vida, fruto de mis ahorros y de mi perseverancia.

   En esta isla se han filmado varias películas, entre otras, las de “Piratas del Caribe”, con el actor Johnny Depp, quien encarnó al pirata Jack Sparrow. Alguien comenta que también se filmó “La laguna azul”. Y en estos escenarios anda un serrano de Puebla, sin rasurar, con hambre, somnoliento, pero en Punta Cana.

   Las francesitas nunca dejaron la fiesta, el baile y la bebida. Y las peruanas tampoco; entre ellas vienen dos mellizas muy bonitas. ¡La diversión sigue en la playa!

   Yo solo me tomé dos vasos de ron con coca cola y una piña colada.

   Por aquí me andan rondando los mosquitos, una hormiga despistada y un moscardón combativo; ya se escapó dos veces de los manotazos. El calor es terrible. Haciendo una comparación es como estar frente al horno de una panadería…

   Son las tres en punto de la tarde en todos los relojes de República Dominicana. El guía nos dijo que a las 3:20 debíamos abordar las lanchas para dejar la isla.

   Pasa una chica frente a mí, la fina arena va adherida a sus nalgas exquisitas. La sigo con la mirada hasta que se atraviesa un panzón con una cerveza en la mano.

   En las palmeras se escucha el gorjear de unas aves que se escuchan como loros, pero no lo son. Su plumaje es negro; pregunto y me dicen que son cuervos, los parientes de los tordos.

   Al contrario de las playas mexicanas, se ven pocos vendedores. En un extremo, tres muchachas con batas azules solo ofrecen masajes. Una nube enorme cargada de lluvia se interpone entre el sol y nosotros. La tarde se vuelve apacible como un paisaje de Velázquez en las cajetillas de cerillos Clásicos.

   Ya abordamos las lanchas, pero antes de partir surge el show de las chicas peruanas: Algo busca en su bolsa una de las mellizas, no se quiere poner el chaleco salvavidas, dice que se quiere regresar. Desquiciada, invitó a todos los de su barca a quitarse los chalecos en señal de protesta. Resulta que había olvidado su celular en la mesa y no lo encuentra en su bolsa.

   A gritos pelean con los organizadores, quieren bajarse de la lancha. Atrás de mí, alguien grita que las bajen, que se hace tarde.

   -Tú no te metas cabrón-. Escupe en un español raro.

   Una de las francesas que viene junto a mí dice el adjetivo correcto para referirse a la chica: Está “borracha”. Y todos soltamos la carcajada. Después de un estira y afloja envían a las peruanas en otra lancha para que regresen a la playa. Nosotros partimos.

   La embarcación va a gran velocidad, se levanta y azota, avanza trepidante entre el mar de la tarde. En un arranque de emoción le pedí la mano a la francesa y no aguanté las ganas de levantarme con la lancha en movimiento, luego solté su mano y abrí los brazos, como en la película del Titanic.

   Trepidante el viaje de regreso en lancha rápida, me siento como un pirata en el Caribe.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto