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viernes, enero 9, 2026

Se acabó el 2025

Se acabó el 2025

El 2025 será recordado como un año en el que México avanzó con la inercia de las promesas, pero tropezó una y otra vez con la realidad. Los sucesos más relevantes no llegaron como sorpresas aisladas, sino como síntomas de problemas largamente ignorados. Infraestructura improvisada, violencia normalizada, libertades acotadas por vías “legales” y una democracia que ensaya nuevas formas de simulación.

El descarrilamiento del Tren Interoceánico fue más que un accidente ferroviario. Se convirtió en una metáfora incómoda de un proyecto apresurado, presentado como símbolo de desarrollo nacional, pero ejecutado sin la solidez técnica ni la transparencia prometida. La realidad mostró fallas de planeación, mantenimiento deficiente y una narrativa que privilegia la propaganda sobre la rendición de cuentas. Cuando una obra estratégica se descarrila (literal y políticamente) el problema no es el hierro torcido, sino la confianza pública que también queda fuera de la vía.

La violencia siguió marcando el pulso cotidiano del país. En 2025, Sinaloa y Michoacán se volvieron epicentros de una guerra donde el crimen organizado disputa economías y comunidades ante un Estado que responde tarde, mal o solo con retórica. La violencia dejó de ser noticia excepcional para convertirse en telón de fondo permanente balaceras, desplazamientos forzados y asesinatos que ya no escandalizan, apenas cansan. Esa normalización es quizá la derrota más profunda.

A la par, la censura contra periodistas se sofisticó. Ya no siempre hizo falta la amenaza directa; bastaron demandas, procesos y figuras legales ambiguas para acallar voces críticas. Puebla, Campeche y Veracruz se consolidaron como ejemplos de una tendencia peligrosa, usar el aparato legal como mordaza. En nombre del “honor” y la “violencia política de género” se castigó la investigación incómoda y se envió un mensaje claro: informar puede costarte la libertad.

El proceso de elección judicial terminó de redondear este paisaje inquietante. Lejos de fortalecer la legitimidad del Poder Judicial, el uso de “acordeones” (guías no oficiales para inducir el voto) evidenció la persistencia de prácticas clientelares y de control político. La elección, presentada como un ejercicio de participación ciudadana, dejó la sensación de un guion previamente escrito. Elegir jueces bajo estas condiciones no democratiza la justicia; la politiza aún más y compromete su independencia.

Vistos en conjunto, estos hechos dibujan un 2025 donde el problema no fue un solo error, sino una serie sistemática de pifias, apresurar proyectos, minimizar tragedias, controlar la crítica y maquillar procesos democráticos. Hoy México carece de autocrítica, de instituciones sólidas y de un compromiso real con la verdad.

El riesgo no es que el país descarrile de golpe, sino que se acostumbre a avanzar torcido, entre la violencia cotidiana, el silencio forzado y la simulación democrática. Y cuando eso ocurre, el futuro deja de ser una promesa para convertirse en una repetición cada vez más cara. Como acertadamente dijo Marco Aurelio: “Mira hacia el pasado, con sus imperios cambiantes que surgieron y cayeron, y también podrás prever el futuro”

Pero no todo fue oscuridad, sería injusto decirlo, también hubo resistencias esperanzadoras y valientes de quienes no se resignaron a que la corrupción y la violencia fueran el destino inevitable, de esos ciudadanos que exigieron rendición de cuentas, de colectivos que se organizaron para cuidar la vida, de estudiantes que alzaron la voz y, de personas comunes que, sin reflectores, sostuvieron al país desde abajo.

La participación y la solidaridad tras los desastres naturales que siempre nos ha caracterizado, también nos dio luz y esperanza. El 2025, terminó con un México herido, pero no vencido y, con el recordatorio de que lo vivido no debe archivarse en el olvido, sino, servir de lección.

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