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viernes, agosto 12, 2022
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Sigilo 18

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Capítulo 18

Las raíces del viento

 

Tras varias semanas de búsquedas infructuosas, de denuncias reiteradas y de llamadas que
nadie contestaba, me rendí a lo evidente: o Julieta no quería ser encontrada o de plano la habían asesinado. Ella desaparecía pero no por tanto tiempo, al menos no sin haber mandado ya una señal de vida.

Una tarde de esas hermosas de sol y un poco de aire, mi marido me informó que nos iríamos un tiempo a Veracruz. Por negocios, remarcó.

–¿No me puedes dejar en Puebla, por favor? –le dije, anticipándome al aburrimiento futuro.

–Valentina, necesitas ayuda. Recuerda que no te puedes exceder en nada. Eres capaz de salirte de shopping o de visita si yo no ando por aquí.

–O sea que no confías en mí –dije toda fruncida.

–No, sólo digo que iremos un tiempo a Veracruz.

A ti y a la nena les hará bien el sol, el aire puro y estar a nivel del mar. Eso no era posible discutirlo. Puebla se me antojaba ya un gran mausoleo de calles vacías y casas, restaurantes y antros cerrados. A pesar de los aforos restringidos, yo seguía sintiendo una parálisis casi total en las actividades y en las personas. En Veracruz por lo menos vería el mar en movimiento.

Mientras arreglaba mis maletas y las de la niña pensaba en la parte medular del relato de Julieta. La traición de Harper no podía ser tal si ambas, Esperanza y ella, estaban casadas. El seudosacerdote de seguro sabía que no podrían echarle en cara nada a él, pero él a ellas sí, en caso de que se atrevieran a reclamarle algo. Pero a mí me preocupaba otra cosa: Julieta le cerró al traidor de Harper las llaves del subsidio del grupo. Por sus pistolas, ella decidió correrlo. Luego supo de una traición peor: el hombre se había ofrecido a seguir liderando gratis las sesiones de estudio. Y el grupo aceptó. Julieta no pudo argumentar razones de peso en contra de esa decisión grupal, pero se mantuvo en sus cinco: ni un quinto –al menos no de su bolsillo– para el traidor.

¡Hasta dónde podían llegar las pasiones humanas!, me dije. El mal con su fuerza de cambio estaba transformando el derrotero de las Hijas de la Luz.

Antes de retirarse, aquella noche de la confesión, Julieta me contó que al día siguiente del acostón en su cuarto, los amantes se le acercaron muy mustios a pedirle que no hiciera olas. No era para tanto. El marido de Esperanza siempre andaba armado y no era la idea llegar a más. Julieta calló, segura de que en algún momento usaría aquel secreto. En lo que no cedió ni un milímetro fue en seguir pagando las cuentas de Harper. Esperanza tuvo que hacer malabares para justificar ante su marido que ella se pusiera a pagar las cuentas del sacerdote porque a él “se le habían olvidado las tarjetas en casa”.

Algo me decía, sin embargo, que ese arreglo desataría la furia de las Erinias. Había algo que nadie me comunicaba, estaba segura. La casa de Veracruz resultó ser una mansión. Primoroso palacete de mediados del siglo XIX. Estaba totalmente amueblado y decorado a la usanza de aquella época. Me imaginé a las señoras de corsé y miriñaque paseando sus vapores por los corredores y los jardines.

Desde el inicio mi marido me asignó una habitación para mí sola. Así estarán más cómodas tú y la niña, dijo. Yo sabía que era en parte verdad y en parte mentira. A veces me asaltaba la inquietud sobre lo que Antonio hacía en la calle, sus negocios turbios, sus socios mafiosos. En una de esas me había venido a esconder en ese platanar para evitar que me encontraran sus enemigos. O algo así.

Así que ahí estaba yo, frente a un mar picado y un clima entre bochornoso y por momentos frío. El mal tiempo había azotado la costa y había barrido con palapas, construcciones hechizas y turistas asustados.

Tenía a mi disposición un chofer y a la prima solterona de mi suegra, una especie de tía reseca y silenciosa que manejaba a la perfección los horarios y la complicada parafernalia de la bebé.

En Puebla, luego del secuestro de Julieta, me resultó difícil organizarme para llevar a la niña al Registro Civil a registrar su nacimiento. Ni mi estado mental ni la pandemia poblana me lo permitieron. En cuanto llegamos al puerto, Antonio me urgía a cada rato. Ya la niña tenía seis meses, insistía en recordarme.

–Ajá –le decía yo–, ¿y pondremos que nació en este culo del mundo?

Antonio sólo movía la cabeza y me dejaba sola tardes enteras. Su parienta no servía de consuelo ni tampoco de apoyo. A veces –muy raras– se sentaba conmigo a tomar un refrigerio y luego se paraba, se restregaba las manos en el delantal y se ponía a levantar todo como si nos hubieran cachado jugando a algo prohibido. La niña está llorando, decía, arrojaba los trastes en el lavadero de la cocina y subía volando a atender a la pequeña. Pocas veces nos enzarzamos en alguna conversación que no fuera sobre el mar picado, la canícula o los enseres de casa para la lista de compras.

Extrañaba mis libros, el grupo de estudio. A toda hora me preguntaba qué estarían haciendo mis amigas. Cuando me embaracé, a excepción de Julieta, la noticia no les cayó muy bien. Ella fue la primera en decir que era una niña. Desde el primer momento tomó para sí la empresa de las primeras compras, los paquetes de pañales, chupones y juguetes. Antonio no estaba muy de acuerdo con tanto entrometimiento, pero aceptaba acomodar la avalancha de cosas en el cuarto pintado de color pistache. Me había quedado sin estudio, sin libreros y sin libros. Preferí donar todo a la oficina de nuestro grupo. No sé por qué, pero me pareció que Antonio, un contador ecuánime y tranquilo, respiró tranquilo en cuanto la mudanza se llevó el acervo coleccionado en tantos años de ahorros imposibles. Mi trabajo de recepcionista en un despacho de arquitectos no me daba mucho margen para comprar libros caros, pero yo me las apañaba cada quincena: pagaba en abonos, hacía rifas, pactaba apartados y rebajas con los libreros, en fin. Mi biblioteca fue creciendo y con ella la certeza de que nunca llegaría a saber realmente nada. Al menos, no tanto como mis compañeras con sus maestrías y doctorados. Eres todavía muy joven, me consolaban. Pero a los 27 años ya nadie es muy joven.

Aislada de todo, mi vida se redujo de pronto a las cuatro paredes de una habitación de 6 por 3. Me pasaba el día mirando el mar a través del vidrio del balcón. El llanto constante de la niña me ponía los nervios de punta: me recordaba los días en que su media hermana había manifestado una enfermedad congénita. La pobre criatura lloraba día y noche, presa de cólicos y malestares varios. Una noche corrimos con ella al hospital, de donde no volvió a salir sino tres meses después. Le habían diagnosticado fibrosis quística. Su padre y yo no soportamos la presión de la enfermedad: nos separamos a los seis meses. Su enfermedad hacía inviable tenerla conmigo, incapaz de pagar sus costosos tratamientos. De inmediato mi exmarido tomó la estafeta y se la llevó a vivir con él a Houston, donde se casó con una enfermera gringa, con lo cual la niña estaba totalmente protegida y cuidada. Fue entonces que llegué a Puebla a estudiar una maestría en Historia del Arte, conocí a Julieta y al grupo de amigas que vino a paliar de algún modo el dolor de tanta pérdida.

Un día quise salir a pasear con la nena por el malecón. Solo encontré candados puestos y caras de póquer cuando preguntaba por qué no me dejaban salir. “Órdenes del señor Antonio”, repetían como autómatas.

Nunca pensé hallarme en una situación tan injusta. Me preguntaba qué bicho había picado a mi marido. De un día al otro su conducta se volvió errática y controladora. Parecía funcionar con pilas. Ningún chantaje ni grito ni insulto logró doblegar su voluntad durante los aciagos días que permanecí encerrada. Un día desperté a las 4 de la tarde. Recordaba haber cerrado el ojo a las 4 de la mañana del día anterior. ¿Qué estaba pasando?

Sólo escuchaba llorar a la niña desde una distancia cada vez mayor. Supongo que me ponían algo en la leche o el té. Una somnolencia persistente me obligaba a replegarme en la cama. Dormía casi todo el día. Empecé a tirar a las macetas las tisanas “para que durmiera bien”. Solo así pude pasar alerta las noches. Una de esas madrugadas –había tirado el té a la taza de baño–, escuché el timbre del teléfono. Olvidé que en ese cuarto había una extensión que Antonio instaló para llamarme cuando andaba de viaje. El aparato no tenía teclas ni disco para marcar. Era sólo una bocina, rara vez sonaba. Mi marido prefería mandarme recados con su tía la enteca. Supuse que ella me creía dormida y levanté con mucho cuidado la bocina. Los parientes intercambiaban impresiones sobre la jornada, la salud de la niña, los víveres faltantes. Antonio informó a su tía que había dejado dinero en un cajón del trinchador, por si necesitaba comprar cosas para la despensa antes de que él llegara. También le recordaba que la llave del cerrojo nuevo estaba dentro de la estatua griega (una figura de mujer con un cántaro al hombro) ubicada en la entrada de la casa. ¿A cuál cerrojo se referiría Antonio? Colgué con mucho cuidado la bocina y me senté en la cama a reflexionar.

Por la alta ventana entraba el canto de los pájaros, las voces del jardinero y la mucama, el ruido de la podadora de césped. Ya ni siquiera recordaba que en esa casa había un ejército de sirvientes pululando a toda hora por cada rincón, cada covacha, cada cuarto por escondido que estuviera. En el pasillo se escucharon los pasos lentos de la tía. Vendría a verificar que su prisionera estuviera dormida. Para no defraudarla, me escurrí entre las sábanas y cerré los ojos con fuerza. Mi carcelera entró, miró por encima de la colcha si yo todavía respiraba y salió tan rápido como pudo. Luego de tantos días de sopas y tés aderezados con narcóticos, empecé a sentir que mi cerebro se despojaba de una especie de atadura fantasmal, una banda que oprimía mi cabeza, mis ideas. Recordaba en medio de una algodonosa bruma retazos de conversación, un nombre que se repetía en oleadas constantes. Imaginé a la tía y al sobrino cuchicheando, compartiendo su preocupación por mis intentos de fuga, mi negativa a ingerir alimentos preparados por ellos. De la niña nunca hablaban. ¿Seguiría viva? Hacía mucho que no oía su llanto, sus primeros gorgoritos. Me pregunté sobre la causa de esa pesadilla. ¿Qué había pasado? ¿Y Julieta?

Al escuchar el rugido del huracán azotando los vidrios de los balcones me imaginé que quizá esa casa había sido construida en lo alto del cerro para evitar que el mar la inundara en temporada de tormentas. Me asomé para ver si detectaba el camino hacia la ciudad. Solo pude ver las palmeras bailando un ballet doloroso, de contorsionistas improvisadas. Las ráfagas de aire cargado de lluvia las doblegaban con su furioso ataque. Pensé que yo cortaría las raíces de ese viento para poder huir con mi niña. De repente la tormenta amainó.

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