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viernes, junio 14, 2024

Ladrones de libros

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¡Apareció Revueltas! Luto humano (Ediciones Era, tercera reimpresión, 2019) me trajo en duelo cuarenta y ocho horas preguntándome dónde pude olvidarlo. Mi compañero de viaje estaba seguro que me lo habían robado en aquel evento al que acudí y dejé mi bolsa en un improvisado guardarropa. Imposible. Fui la última en entrar, le dije, y los bolsos compañeros del mío eran de alta gama, de esos con pañoleta y la marca en relieve, ¿quién metería la mano en el mío? Y, suponiendo que sí, ¿quién robaría un libro? 

Esa pregunta me trajo recuerdos y confesiones.  

En la primaria teníamos una extensa biblioteca, la alfombra le daba un toque cálido, los ventanales hacia el patio y el jardín lleno de palmeras, arbustos y pinos, un aire de libertad. Ahí leí un cuento que tenía que ver con dos caballos de mar y se lo conté a mi hermana menor de camino a casa en el camión escolar. La historia le gustó mucho, sin embargo, nunca pudo imaginarse al personaje principal porque no conocía al espécimen en cuestión. Lo busqué en las enciclopedias de la casa, pero ese caballo en blanco y negro no era el caballito del cuento intentando conquistar a la hembra, en tanto que nadaban entre burbujas y aguas azuladas.  

Al día siguiente, decidida, usé mi tiempo de recreo para ir a la biblioteca. Fui al estante, tomé el libro y disimulé leerlo en las mesas de madera perfectamente abrillantadas. Mi corazón palpitaba al cien, abrí la página donde los caballitos de mar se conocen y puse mi mano sudorosa encima. Cerré el libro y arranqué suavemente la hoja. La monja leía algo y yo no le quitaba los ojos de encima mientras doblaba en pequeñas partes mi delito. Mi primer delito de cuello blanco.  

En mis épocas estudiantiles, varios chicos eran famosos por sacar libros dentro de gorros y sombreros. Se rumoraba que el detector no llegaba a escanear por encima de la cabeza o en caso de sonar el bipip, los vigilantes se limitaban a revisar mochilas y uno que otro tanteo por encima de las ropas. ¿A quién se robaban? Kant, Nietzsche, Aristóteles, Maquiavelo y Dostoievski, principalmente. 

Siendo estudihambre de Comunicación, quise robarme todos los libros de Juan Brom, Mattelart y Rojas Soriano, conseguirlos en la pobrísima biblioteca de la Facultad era lo mismo a sacarse la lotería. Dos o tres ejemplares para los miles de estudiantes, equivalía a la guerra por los ventiladores de Costco la semana pasada. No los robé más por solidaridad a mis compañeros, que por falta de pericia 

Recientemente, D me confesó que en su preparatoria había una biblioteca modesta a la que nadie acudía llena de ediciones imperdibles. Después de un par de meses de ir a buscar el silencio y la calma que dan los libros y ver que estaba cuidada por el espíritu santo, decidió llevarse un libro ilustrado con biografías de los escritores que llevaba buen tiempo leyendo, “es mi joyita y no me arrepiento, me avergüenza que es diferente”. 

Hipócritas lectores, ¿ustedes se han robado un libro? ¿Cuál? Háganmelo saber a mi correo [email protected] y la mejor historia la publicaré la siguiente semana, con nombre y apellido o pseudónimo si así lo quieren. Y un agradecimiento a chico lavador de autos que encontró a José Revueltas debajo del asiento.  

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