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domingo, julio 3, 2022
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Dudas que matan sobre el affaire Mier-Rueda

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¿Y si Florentino Tavera, la mano que movió 32 empresas en la trama más comentada de la semana, simplemente no existe? 

¿Y si en ese probable fraude participó, entre otros, un connotado notario que dio fe de un ciudadano inexistente, como el edificio de Cambio, por ejemplo? 

¿Y si el constructor del citado edificio puso ladrillo tras ladrillo sin contar con los permisos de ley? 

¿A cuántos más personajes —estos sí de carne y hueso— veremos desfilar en la pasarela? 

 

26 años de una modesta columna. Escribir todos los días una columna no es cualquier cosa. 

Parece sencillo. 

No lo es. 

El poeta Luis Miguel Aguilar, el hermano inteligente de Héctor Aguilar Camín, escribió unos versos sabios: 

“No se puede escribir literatura / si no eres superior a lo que escribes”. 

Lo mismo digo de algo que se ha vuelto tan vulgar que cualquier analfabeto lo hace sin el menor rubor. 

O algo más horrible: 

Hay quienes creen que escribir media docena de tuits —mal pergeñados— bastan para dejar huella en algún lugar de la historia reciente. 

A los primeros —que, además, no escriben diario— les faltan lecturas básicas, cierta prosodia y dos o tres buenas tramas. 

A los segundos: un público real que les dé retuits. 

Y algo extra: 

Un shampoo de cariño que subsane la ausencia de caricias maternas en la edad de las púberes canéforas. 

Trabajar cansa, dijo Pavese. 

Escribir durante 26 años también. 

¿Qué me ha traído hasta el hipócrita lector después de tantos años? 

La pasión por el lenguaje. 

En estos años la he enfrentado como un pequeño Octavio Paz a las palabras. 

“¡Chillen, putas!”, escribió el poeta. 

Algo similar digo cada vez que escribo una columna. 

Paz quería hacer chillar a las palabras. 

Yo, desde una modestia provinciana, pretendo hacer lo mismo. 

Palabra que no chilla no es palabra. 

Esta columna ha dado algunos libros (novelas, crónicas, poemas), una decena de periódicos, un centenar de enemigos, gritos, bostezos, y la aventura de saber que hay un lector atento —siempre leal— detrás de cada historia. 

Porque el periodismo —oh, Balzac— es hermano gemelo de la buena literatura exprés. 

Gracias a quienes me han traído hasta aquí en estos tiempos de turbulencias. 

Algo he aprendido en esta novela rusa que es la vida real: 

Que la pasión por el lenguaje, y las ilusiones no perdidas, son las que nos mantienen vivos. 

Este sábado 28 de mayo La Quinta Columna cumplirá 26 años. 

No cabe en mi pecho tanto orgullo. 

 

2 mujeres, 2. Dos mujeres admirables están haciendo lo que saben hacer: brillar en lo alto. 

Olimpia Coral Melo y María Clara de Greiff están hechas de una harina escasa. 

María Clara acaba de recibir de manos de Martín Luther King III el premio Holly Fell Satela. 

¿El motivo? 

“Su contribución a la justicia social de las comunidades migrantes que cohabitan en Upper Valley”. 

Este viernes, María Clara presentará su libro Hands that speak (Manos que hablan (voces de las granjas lecheras del Upper Valley  en el salón Orozco de la biblioteca de la Universidad de Darthmouth. 

Olimpia, mientras tanto, ha sido invitada a la gala de la revista Time —a realizarse el 8 de junio— en el Jazz Lincoln Center’s Frederick  P. Rose Hal, de Nueva York. 

Como el hipócrita lector recordará, Olimpia fue considerada por la influyente revista como una de las cien personas más influyentes del mundo. 

Ahí se encontrarán las cien personalidades del mundo de la política, los negocios, el arte, el activismo y la ciencia. 

La creadora de la Ley Olimpia fue la única mexicana considerada por Time, lo que habla de la importancia de su lucha. 

Ella fue la voz de muchas mujeres en todo el país que fueron y siguen siendo víctimas de miserables que practican una violencia cibernética. 

A ambas les mando mi cariño y mi admiración de muchos años. 

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