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miércoles, abril 24, 2024

Manual para no sobrevivir a las pasiones

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Pasar por este mundo sin haber sentido la adrenalina lacerante de una alta pasión, es haber vivido en vano.

Evitar caer en los torbellinos de la disipación no es una virtud; es un error imperdonable.

Los hombres encuentran el máximo placer en los instantes; son como luciérnagas. El cazador transita por el encantamiento y la excitación cuando sale con el arma de paseo, pero una vez que tiene al animal sometido y moribundo en las manos, se puede ir a descansar feliz y sin culpa tras haber concluido su empresa; ya para el día siguiente busca una nueva aventura que acabará por parecerle divertida, pero nunca, jamás, del todo satisfactoria. El cazador siempre urge el olor de la sangre.

Las mujeres en cambio prolongamos todas las sensaciones. No somos intermitentes, sino constantes… hasta en la oscuridad.

Desde niñas estamos dispuestas a expandirnos y ver nuevas y relucientes luces en los mismos territorios yertos; nos entrenamos para borrar y corregir con denuedo las faltas del pasado. Somos expertas en lamer heridas y coleccionar cicatrices.

“Desde el mes de septiembre no he hecho más que esperar la llamada de un hombre”. Así comienza Pura Pasión: una de las novelas más loadas de Annie Ernaux.

Y mientras leo y me siento absolutamente expuesta, pienso y musito: “¡Ay, de aquella que no haya estado atrapada en una historia amorosa aun sabiendo que la próxima estación será la del dolor!”.

Compadezco (y admiro a la vez) a la mujer que da sentido a sus amaneceres, su trabajo y sus noches, colgada de esa imagen adorada que sólo existe en su imaginación, la presencia ausente (vaya oxímoron) que esboza para ella, para que su mundo sea más más afable, pero no por ello más prometedor.

Compadezco a quien no haya experimentado el vértigo de saberse autor de un ser ideal que sobrevive gracias al amor pasado por la cosmética del romanticismo, del sentimiento confuso que habita en la mente del amante fervoroso que asume de antemano que esa relación se oxigena de su entusiasmo (unilateral) y de la vivacidad con la que espera ansioso la llegada de aquel que, si puede, desvía el rumbo sin pensar en todo lo que deja estático, suspendido, partido en fragmentos. ¿No es acaso este el elixir del que se nutre la sed del conquistador)

El personaje de Pura Pasión, de Ernaux, distrae su depresión con cientos de planes y recuerdos de cosas y citas que nunca han sucedido ni sucederán. Ilusiones de un porvenir que, en vez de llegar, retrocede de la víspera al día de ayer.

Las caricias y los besos que deja su amante esquivo, los lleva puestos semanas como se pone un tocado de flores en la cabeza o como se esparce un perfume en la piel.

¡Ay de aquella que no haya hecho una lista de canciones que se acomoden a su circunstancia; tonadas en las que pueda oír esa voz que sólo la llama para su solazarse en la idolatría de alguien que siempre será opción y jamás prioridad! Medio tiempo, no eternidad.

Todo está escrito ya en letras doradas; el manual de los amores platónicos imposibles y malogrados se ha escrito como una mera variación sobre el tema. El personaje de esta novela evita exponer su descontento por miedo a perder en el tironeo de un pleito, los pocos minutos que el verdugo le brinda antes de cortarle la cabeza con su corta ceremonia de elogios programados y adioses urgentes.

Es el sentimiento de injusticia lo que arrebata a la incondicional cada vez que su amor se va, dejándola con el vacío que sólo sienten las mujeres cuyos cuerpos son usufructuados por el dueño de sus voluntades, recibiendo como moneda de cambio la promesa de volver al paraíso después de una temporada en el infierno de la indiferencia.

Sólo quien haya sido regido por la frialdad del cerebro habrá salido ileso de la vida.

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